Adultocentrismo

El adultocentrismo ha estado presente en la historia de la humanidad desde que los primeros hombres habitaron la tierra. Los estudios dedicados a la comprensión de los niños y adolescentes (como seres con características propias, distintivas y por tanto con requerimientos diferentes) tienen poco más que una centena de años.

Desde tiempos remotos la visión del mundo, del hombre, de los dioses y de la naturaleza ha sido la del adulto, aún en cuestiones infantiles. Niños y adolescentes han sido analizados, estudiados y juzgados desde la óptica adulta. En mi libro “Adultocentrismo: lo que los padres deben saber sobre sus hijos” defino a este estado de cosas como una de las características principales de la visión adultocéntrica en analogía a las concepciones teocéntricas, sociocéntricas o etnocéntricas.

En mis desarrollos planteo al adultocentrismo como una especie de neurosis que se adquiere al llegar a la adultez caracterizada por la sobrecarga de fuertes represiones del vivenciar infantil propio. Si bien parte de esta represión es necesaria para nuestra salud, adquiere en el adultocentrista un tinte especial y selectivo sobre los momentos dolorosos de la infancia. Al reprimir estos momentos y sustituirlos por lo que llamo ideas parche, creamos un pasado alternativo al vivido; alternancia que impide la conexión genuina con los niños y adolescentes; la comprensión desde lo vivido y sentido; la empatía y las respuestas adecuadas hacia los niños.

El adultocentrismo es hoy más que nunca la principal causa de las dificultades en los vínculos adultos-niños.

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