Aunque en la naturaleza no suele darse siempre en estado puro sino mezclados entre sí, básicamente existen, en lo relativo a la textura, dos tipos de suelo, arenoso o arcilloso; y en cuanto a su ph, otros dos: alcalino o ácido.
El suelo arenoso tiene en su composición una proporción de arena igual o superior al 65%. Elimina el agua con facilidad, por lo que a su sequedad se añade la pérdida de elementos fertilizantes. Ofrece una buena aireación. Se calienta antes, por tanto es menos frío que el arcilloso. Los efectos del frío sobre las raíces son menos intensos, y la geminación se adelanta respecto de otros suelos más pesados. Algunas especies recomendadas para este suelo son, abedul, lavanda, pino piñonero, chopo, falsa acacia, romero y jara.
Un terreno arcilloso es el que ofrece una proporción de arcilla de alrededor del 35%. Presenta un aspecto muy compacto y, aunque es muy fértil, es un suelo duro. Retiene la humedad y pueden producir encharcamientos y la asfixia de las raíces.