Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que el origen de muchos casos de estrés, angustia y sobre exigencia; se deben a una distinguida “incapacidad” para decir No. En algunos casos, dicha incapacidad forma parte del tipo de personalidad que se posee; y en otros, se debe más a una exigencia cultural. La sociedad estimula, elogia y exalta la cortesía y la diligencia; por lo que decir No, es bien visto como rudeza o antipatía.
La disponibilidad constante que muestran muchas personas, acarrea grandes trastornos y socava la salud de éstas. Las causas que las impulsan, pueden ir desde la culpa y el temor hasta la sensación de herir o molestar al otro.
Decir No, es una actitud de respeto hacia nosotros mismos y hacia nuestras necesidades; es una manera de cuidarnos y de respetar nuestros tiempos. Decir No, no implica per se una actitud negativa; simplemente quiere decir: no puedo, no puedo ahora, prefiero no hacerlo, realmente no quiero.