1. Dar vida con naturalidad: no forzar nunca las flores, realzar sus características y obedecer la naturaleza de cada planta. Usar preferentemente las flores de la estación.
2. Cortar y dar vida de inmediato: después del corte de la flor, manipularla lo menos posible, de lo contrario perderá su vitalidad.
3. La armonía es la forma de dar vida a las flores: hacer el arreglo considerando el local donde va a ser colocado, los muebles, el color de las paredes. La flor, el florero y el ambiente deben estar en armonía, para realzar el valor artístico del Ikebana.
Como todo arte verdadero, el arte floral también tiene dos aspectos: el metafísico y el práctico, el sobre racional y el racional. La técnica del Ikebana consiste en escoger las flores, el florero, ser hábil en el manejo de las herramientas, en las proporciones armónicas del arreglo y del florero, en los ángulos de inclinación. Pero la mera maestría técnica no satisface. No nos permite entrar en el misterio del arte, en nuestro propio misterio, más allá de la técnica.
La propia vida es un arte, y para eso no basta una buena técnica del buen vivir. Es necesario comprender su significado, sus misterios. En lo profundo de nuestra conciencia hay Algo que aguarda ser descubierto. Tal vez sea hacia allí hacia donde nos lleva el «Camino de las flores».